viernes, 2 de mayo de 2008

Religión y Política en el Perú II


EL ‘FACTOR RELIGIOSO’ EN LOS 7 ENSAYOS DE INTERPRETACIÓN DE LA REALIDAD PERUANA DE JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI


Algunos datos biográficos del Amauta
Nació en la ciudad de Moquegua el 16 de julio de 1894. A los prematuros 14 años empieza a trabajar como ‘alcanza-rejones’, ayudante de linotipista y desde 1914, como redactor en La Prensa, El Tiempo y otros más. Para 1919 funda el diario La Razón, tribuna desde la cual propugna la reforma universitaria y la reivindicación de las luchas a favor de los obreros peruanos.

Desde 1918 hay un sentimiento, en Mariátegui, de sentirse ‘nauseado de la política criolla’[1], eso marca su divorcio con la política de su tiempo, para orientarse resueltamente al socialismo, en la cual permanecería toda su vida. Desde fines de 1919 hasta marzo 1923, viaja a Europa gracias a una beca. A su regreso enseña en la Universidad Popular González Prada. Para 1924, su salud se ve quebrantada y como resultado de ello, le amputan una pierna. En 1926 funda la revista Amauta, al año siguiente sufre pena de cárcel y prisión domiciliaria por causa de sus ideas comunistas. En 1928 funda el Partido Socialista, la revista Labor y publica su obra cumbre a cerca de la realidad nacional, a la cual la denominó, ‘7 ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana’.

Mariátegui, junto a Haya de la Torre, fue uno de los más grandes pensadores que el Perú haya podido ver nacer en su seno. A pesar de sólo haber concluido su primaria, fue uno de los autodidactas mas impresionantes que se haya podido ver en nuestra historia. Debido a su salud quebrantada, muere en Lima el 16 de abril de 1930.

Mariátegui y la religión en los 7 ensayos
A pesar de que José Carlos Mariátegui -nuestro gran amauta- escribe sus 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana bajo el lente marxista[2], no deja de reconocer la labor de la religión protestante en la realidad nacional. Precisamente en el ensayo referente al ‘Factor Religioso’, reconoce la labor del puritano y el pioneer ingles que colonizó lo que hoy es Estados Unidos. Mariátegui distingue nítidamente la labor evangelizadora protestante, de la católica.

La religión Inca, como una ‘religión civil’
Mariátegui empieza su quinto ensayo con un análisis de la religión del Tawantisuyo. Según su crítica, ‘La religión inkaica carecía de poder espiritual para resistir al Evangelio.’ (Mariátegui, 2002, p.163). Esto debido a que ‘La religión del quechua era un código moral antes que una concepción metafísica…’ (ibíd., p.164). Por eso, no podía distinguirse lo que era el estado de la religión; ambos tenían los mismos principios y las mismas autoridades; ‘La iglesia era el Estado mismo‘(p.165). Terminaron ignorando ‘…toda separación entre la religión y la política, toda diferencia entre Estado e Iglesia’ (p.169). También, los pueblos conquistados, ‘más que en la divinidad de una religión o un dogma, creían simplemente en la divinidad de los Inkas’ (p.166)

Una religión no-escatológica y metafísicamente embrionaria
Otra característica que nota Mariátegui en la religión incaica, es la ausencia de expectación escatológica, pues ‘Se preocupaba del reino de la tierra antes que del reino del cielo’. Entonces:
Lo que tenía que subsistir de esta religión, en el alma indígena, había de ser, no una concepción metafísica, sino los ritos agrarios, las prácticas mágicas y el sentimiento panteísta’ (ibíd.)

El reino inmaterial y espiritual en la ‘otra vida’, no era algo que les preocupaba, su énfasis estaba puesto aquí y ahora; en la sociedad. No era que carecían de una concepción metafísica de la religión, sino que esta era ‘muy embrionaria’ y se expresaba mediante la mitología. Sus elementos naturales estaban compuestos por ‘animismo, magia, tótems y tabúes’ Mas adelante, Mariátegui va a describir cada uno de estos elementos:
El "animismo" indígena poblaba el territorio del Tawantinsuyo de genios o dioses locales, cuyo culto ofrecía a la evangelización cristiana una resistencia mucho mayor que el culto inkaico del Sol o del dios Kon. El "totemismo", consustancial con el "ayllu" y la tribu, más perdurables que el Imperio, se refugiaba no sólo en la tradición sino en la sangre misma del indio. La magia, identificada como arte primitivo de curar a los enfermos, con necesidades e impulsos vitales, contaba con arraigo bastante para subsistir por mucho tiempo bajo cualquiera creencia religiosa (p.167).

La conquista católica en el diván de Mariátegui
Para Mariátegui no hay duda que la conquista católica ‘fue la última cruzada…’ (p.169). Él ve a la iglesia católica como un ente activo en la Conquista, la misma que fue llevada a cabo por ‘soldados y misioneros’ (ibíd.) Según nuestro autor, la presencia del padre Valverde -y más delante de los misioneros- fue la prueba irrefutable para ello. Además de esto, Mariátegui ve en la ejecución de Atahualpa, el largo tentáculo de la Inquisición en el nuevo continente (p.170). Ya en el inicio de este quinto ensayo, Mariátegui nos había advertido acerca de la naturaleza de la conquista católica en términos de imposición religiosa que, infructuosamente, trataba de ‘extirpar’ mordazmente la idolatría de los nativos.

Mariátegui, contrasta magistralmente la diferencia entre el colono ingles (pioneer puritano=pionero) y el conquistador español (no fue el caballero, sino un conquistador de ‘estirpe espiritual’). De ellos escribe:
El conquistador era de esta estirpe espiritual; el colonizador no. La razón está al alcance de cualquiera: el puritano representaba un movimiento en ascensión, la Reforma protestante; el cruzado, el caballero, personificaba una época que concluía, el Medioevo católico. (ibíd.).

Conquista y Colonialismo se diferencian entre si, dado que:
…si la Conquista es una empresa militar y religiosa, el Coloniaje no es sino una empresa política y eclesiástica. La inaugura un hombre de iglesia, Don Pedro de la Gasca. El eclesiástico reemplaza al evangelizador (p.171).

Para nuestro autor, el catolicismo no logró introducir su mensaje evangelizador, esto, además del ingenio indígena, dio como resultado el sincretismo religioso. Citando a Emilio Romero (‘El Cuzco católico’ en Revista Amauta No 10, diciembre 1927), escribe:
"Los indios vibraban de emoción -escribe- ante la solemnidad del rito católico. Vieron la imagen del Sol en los rutilantes bordados de brocados de las casullas y de las capas pluviales; y los colores del iris en los roquetes de finísimos hilos de seda en fondos violáceos. Vieron tal vez el símbolo de los quipus en las borlas moradas de los abates y en los cordones de los descalzos... Así se explica el furor pagano con que las multitudes indígenas cuzqueñas vibraban de espanto ante la presencia del Señor de los Temblores en quien veían la imagen tangible de sus recuerdos y sus adoraciones, muy lejos el espíritu del pensamiento de los frailes. Vibraba el paganismo indígena en las fiestas religiosas. Por eso, lo vemos llevar sus ofrendas a las iglesias, los productos de sus rebaños, las primicias de sus cosechas. Más tarde, ellos mismos levantaban sus aparatosos altares del Corpus Christi llenos de espejos con marcos de plata repujada, sus grotescos santos y a los pies de los altares las primicias de los campos. Brindaban frente a los santos con honda nostalgia la misma jora de las libaciones del Cápac Raymi; y finalmente, entre los alaridos de su devoción que para los curas españoles eran gritos de penitencia y para los indios gritos pánicos, bailaban las estrepitosas cachampas y las gimnásticas kashuas ante la sonrisa petrificada y vidriosa de los santos" (p.173).

Su conclusión es que, ‘Los misioneros no impusieron el Evangelio; impusieron el culto, la liturgia, adecuándolos sagazmente a las costumbres indígenas. El paganismo aborigen subsistió bajo el culto católico.’ (ibíd.). El catolicismo peruano resulto en uno ‘enflaquecido espiritualmente’, debido a la facilidad con la cual se dejaron catequizar los indígenas (cf. 175).

Religión y economía
Nuestro amauta ve una diferencia muy marcada entre protestantismo y catolicismo, tocante a la economía y la religión, como matriz de esta. En este ensayo Mariátegui tiene mucho para decir en cuanto a religión y economía. Ya antes de él, Marx, Engels, Waldo Frank y Max Weber habían escrito en torno a la relación entre el capitalismo y el protestantismo, Mariátegui quiere ensayar también una interpretación de la economía peruana en torno a su realidad. Del catolicismo escribe, ‘…el catolicismo español, como concepción de la vida y disciplina del espíritu, carecía de aptitud para crear en sus colonias elementos de trabajo y de riqueza’ (p.177). Y del protestantismo:
El protestantismo aparece en la historia, como la levadura espiritual del proceso capitalista. La Reforma protestante contenía la esencia, el germen del Estado liberal. El protestantismo y el liberalismo correspondieron, como corriente religiosa y tendencia política respectivamente, al desarrollo de los factores de la economía capitalista (Ibíd.)

Para nuestro autor, sólo el protestantismo ha provisto una atmósfera adecuada para que el capitalismo e industrialismo se desarrolle[3]. Contrariamente a esto, el catolicismo no ha podido lograr ‘un grado superior de industrialización’ (p.178). Tal es el caso (en la época que escribe Mariátegui) de España, quien ‘presenta la más retrasada y anémica estructura capitalista…’. S los países protestantes están más cerca del capitalismo, los países católicos han resultado ser más agrícolas, en la base de su economía. Mariátegui –citando a Papini- habla de posesión y renuncia[4], como marcas tanto del protestantismo y del catolicismo, respectivamente. Si el protestantismo decidió resueltamente por la posesión, el catolicismo ‘mantuvo como un constante compromiso entre los dos términos, posesión y renuncia’ (p.181).

Protestantes, católicos y su labor evangelizadora
Para Mariátegui[5], ‘El protestantismo… careció siempre de eficacia catequista, por una consecuencia lógica de su individualismo’ (p.182). Para nuestro autor, ‘el colonizador anglosajón no se preocupó de la evangelización de los aborígenes’ (ibíd.) Su misión era la domar tierra[6], eso consumió sus energías. A diferencia de la compleja maquinaria eclesiástica católica[7] en las Américas, ‘La colonización anglosajona no necesitaba una organización eclesiástica’ (ibíd.) No había necesidad de un clérigo, pues ‘El individualismo puritano, hacía de cada pioneer un pastor: el pastor de sí mismo. Al pioneer de Nueva Inglaterra le bastaba su Biblia…’ (Pp.182-183).

La labor de la iglesia católica y los liberales, en la Independencia
Mariátegui arguye que, ‘Tuvo el Perú un clero liberal y patriota desde las primeras jornadas de la revolución’. Aunque no debe de estarse refiriendo a la iglesia como institución, sino a algunos individuos de procedencia católica, puesto que la iglesia católica institucional procuró acallar los gritos de independencia mediante una bula papal que condenaba todo esfuerzo libertario y ponía a la iglesia católica al servicio de la corona española.

Fueron lo llamados ‘liberales’ –procedentes de las logias masónicas- quienes prepararon el fermento de la independencia peruana y quienes, según Mariátegui, fueron el equivalente del pensamiento de la Reforma protestante en las Américas (p.187), aunque más adelante se quejará de su endeble performance. Para nuestro autor, los liberales fueron pensadores e intelectuales peruanos que buscaban ‘armonizar la confesión católica del Estado con una política laica, liberal y nacional’ (p.189). En el Perú su desempeño fue débil en el plano religioso, pues a pesar de sus ideales, ‘no intentó nunca desfeudalizar el Estado, tampoco intentó laicizarlo’[8] (p.190). En ese sentido se puede decir que no fueron anticlericales. El único movimiento anticlerical fue el llamado ‘Movimiento Radical’, pero que tampoco tuvo éxito como propuesta, pues al estar dirigido ‘por hombres de temperamento más literario o filosófico que político…’ (p.191), no fue una verdadera amenaza para el catolicismo. Además de esto se debe de sumar la falta de ‘un programa económico social’ (ibíd.) Tal fue el caso de la protesta radical de González Prada. Para Mariátegui, el pensamiento liberal sudamericano concluyo –por lo menos intelectualmente- en la ‘preconización del protestantismo y de la iglesia nacional como una necesidad lógica del Estado liberal moderno’ (p.192)

En la etapa Republicana
Ya en la etapa republicana, la naciente república abrazó el catolicismo como su ‘religión nacional’. La tradición católica –sobre la cual se había erigido la nueva república- la alejaba de todo tipo de ‘elementos de reforma protestante’ (p.188). El resultado fue un ‘Estado semifeudal y católico’ (ibíd.).

Evaluación socialista del liberalismo y la religión[9]
Al finalizar su quinto ensayo –denominado el Factor Religioso- Mariátegui nos ofrece una evaluación del liberalismo y la religión; desde su perspectiva socialista. Su conclusión en torno a esto es que, ‘La mera agitación anticlerical es estimada por el socialismo como un diversivo liberal burgués’ (p.192).

Tocante a la labor protestante en América Latina, Mariátegui es muy pesimista al escribir acerca de las posibilidades de su futuro:
El protestantismo no consigue penetrar en la América Latina por obra de su poder espiritual y religioso sino de sus servicios sociales (Y. M. C. A., misiones metodistas de la sierra, etc.). Éste y otros signos indican que sus posibilidades de expansión normal se encuentran agotadas. En los pueblos latinoamericanos, las perjudica además el movimiento antiimperialista, cuyos vigías recelan de las misiones protestantes como de tácitas avanzadas del capitalismo anglosajón: británico o norteamericano.

Hay dos cosas que debemos analizar, en estas líneas de Mariátegui: (1) El futuro del protestantismo en América Latina. Mariátegui ve en el protestantismo una fuerza, ya casi exhausta, que poco a poco ira declinando, puesto que carece de ‘poder espiritual y religioso’ como para tener éxito en un continente marcado por la espiritualidad. A esto se suma la maquinaria ‘antiimperialista’ que la ha estigmatizado y reducido al nivel de cómplice religioso del pensamiento político, específicamente el ‘capitalismo anglosajón’. Su caballito de batalla ha sido los ‘servicios sociales’; (2) Cuando el gran amauta escribe (1928), evidentemente, las posibilidades del protestantismo eran muy remotas, en un continente mayoritariamente católico, en la que empezó a desarrollarse una contracorriente ‘antiimperialista’. Sin embargo, la historia nos ha mostrado una realidad que nuestro autor no se imaginó ni vio en su tiempo. No sólo el protestantismo –y su crecimiento vertiginoso que se inició en los 70s- se ha convertido en la gran amenaza del catolicismo, sino que la crítica actual apunta más bien a una evaluación negativa de la catequización católica. El pentecostalismo –como una expresión del protestantismo latinoamericano- ha logrado darle esa fuerza ‘espiritual y religiosa’ que Mariátegui no pudo ver en el protestantismo de su época. Las denominaciones y las diferentes tradiciones eclesiásticas del actual protestantismo latinoamericano, nos revelan más bien que la labor catequizadora del protestantismo, es mucho más efectiva que la del catolicismo actual y el de la colonia.

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[1] Tomado de los datos autobiográficos en la contratapa de los 7 Ensayos…, 2002 (1928), Empresa Editora Amauta, Lima, Perú.
[2] Mariátegui, en torno al método que emplea en los 7 ensayos, lanza una advertencia al inicio de su libro: ‘Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones.’
[3] Aquí Mariátegui presenta los casos de Inglaterra, Estados Unidos y Alemania; como países protestantes capitalistas e industrializados.
[4] La renuncia se expreso a través del ascetismo.
[5] Cuando leemos de la evangelización protestante, debemos de situarnos en el contexto histórico en la cual escribió el amauta (primer cuarto del siglo XX). Mariátegui esta aludiendo al protestantismo incipiente en AL de esa época. De ese tiempo a esta parte, la llamada ‘catequización’ protestante ha avanzado vertiginosamente en el Perú y en todo el continente. De manera que medir su eficacia hoy, pasa por considerar los procesos históricos a los cuales el protestantismo se ha sometido desde Mariátegui hasta esta parte.
[6] En torno a esto, nuestro autor escribe, ‘No tenía que conquistar una cultura y un pueblo sino un territorio’ (p.183).
[7] Mariátegui escribe, ‘La evangelización de la América española no puede ser enjuiciada como una empresa religiosa sino como una empresa eclesiástica’ (p.182).
[8] Tal es el caso del tacneño Vigil. Particularmente de José Gálvez, quien buscaba sólo el ‘igualitarismo y moralidad… jamás desconoció a la iglesia ni a sus dogmas’ (p.190).
[9] Las religiones que Mariátegui ha sometido a su lupa intelectual, en sus 7 ensayos, son básicamente el catolicismo y el protestantismo.

Religión y Política en el Perú I


LA CRÍTICA DE MANUEL GONZÁLEZ PRADA A LA INSTRUCCIÓN CATÓLICA DEL SIGLO XIX


Algunos datos de su vida y de su literatura
Manuel González Prada (1844-1918) fue uno de los primeros intelectuales, juntamente con los pensadores liberales, en criticar duramente la performance católica en la embrionaria república peruana. En su obra titulada Pájinas Libres[1], apunta su artillería (mejor dicho su pluma crítica) a la instrucción católica, de la época que el vivió (finales del siglo XIX). González Prada fue un anticlerical empedernido, que se propuso ser un predicador del pensamiento liberal en el Perú. Se le considera uno de los escritores más influyentes de las letras y la política peruana de finales del siglo XIX, siendo sus dos obras principales: Pájinas Libres (1894) y Horas de Lucha (1908). Tocante a la realidad peruana, fue un reformador radical en todos los frentes, incluido el religioso. Precisamente, en su obra titulada Pájinas Libres, criticó duramente la instrucción católica del siglo XIX. Instrucción, que había terminado cautiva, de la vieja escolástica de la edad media y se había tornado en verdugo lúgubre de las mujeres peruanas, a las que González Prada quería redimir de esa condición[2]. Como era de esperarse, su crítica lo puso al borde de la excomunión. Es obvio que ésta no fue bien recibida por la iglesia Católica, sobre todo en un contexto en la que la instrucción católica había instalado su dictadura y opacaba a cualquier competidor que le saliera al frente, por la fuerza de su poder y el monopolio vampirésco, sobre el estado peruano.

La instrucción Católica en la Obra (Pájinas Libres) de Manuel González Prada
En su obra, a González Prada le llama mucho la atención la cantidad de edificios, propiedad del estado peruano, que han sido designados a la instrucción católica. Para él, todo esto es una especie de ‘inundación clerical’ y es el producto de la debilidad y complicidad del estado frente al poder católico del siglo XIX. El autor de Pájinas Libres sabe perfectamente que ‘el dueño de la educación es dueño del mundo’[3] (op. cit., p.84), por eso le preocupa sobremanera la educación de los niños y de las mujeres. González Prada fue uno de los más grandes defensores de la dignidad femenina, eso explica su ácida crítica contra la instrucción católica entre las mujeres. Él la considera como reduccionista de la dignidad femenina. Además sabe que el futuro de una nación son los niños, pero ¿Qué futuro puede haber si las mujeres son mal alimentadas en los conventos[4] y su educación ha sido entregada a clérigos que sólo ‘segregan oscuridad’, fomentan el fanatismo y están en abierta oposición a la ciencia y al pensamiento crítico? Además, nuestro autor encuentra una línea de discontinuidad entre la moral que profesa la religión católica y la vida que llevan los clérigos (cf. p.95).

Para González Prada la educación de las mujeres ha devenido en un fracaso evidente, pues ‘ingresan a escuelas de clérigos donde acaban de malearse o a escuelas seglares donde no logran corregirse’ (p.86). De manera sarcástica afirma, ‘todas las jóvenes educadas por monjas salen eximias bordadoras en esterlín: bordan zapatillas para el papá que no las usa, relojeras para el hermano que no tiene reloj’ (p.84). Otro aspecto que nota, es que la educación, y los que la imparten, se han vendido al deseo desmedido de obtener dinero por este medio. En esto, escribe, ‘las monjas no reparan en medio alguno para satisfacer su voracidad de adquirir dinero: padecen del mal del oro y hasta presentan síntomas de cleptomanía …[pues] cobran una pensión exorbitante’ (p.85).

El autor también dirige su artillería contra los padres de familia, pues estos ‘confían sus hijos a los clérigos, imaginándose que el hombre maduro se despoja fácilmente de los errores adquiridos en la infancia’ (p.86).

La educación privada, aunque debería serlo, no es una excepción:
Poseemos maestros hábiles, ilustrados y de tanta elevación moral que llevan el desinterés hasta el sacrificio; pero esos buenos obreros laboran silenciosa y oscuramente como la savia en el interior del árbol: se recata el mérito, se impone el réclame, se eclipsa el pedagogo, y brilla el pedante (p.87).

Nuestro autor llega a un punto importante al preguntarse así mismo ‘¿quien remedia el mal?’ (ibíd.). La instrucción resulta ser un callejón sin salida, puesto que quien debía vigilar por la enseñanza pública (el estado) es quien conspira a favor de su declive.

Por otro lado, la educación universitaria sólo sirvió para aumentar la brecha entre ‘ilustrados’ y analfabetos, para ‘henchir de orgullo a los mediocres, infundir exageradas ambiciones en los ineptos y atestar la nación de infatigables pretendientes a los cargos públicos.’ (p.88).

Para González Prada, los clérigos: curas y monjas, no tienen la experiencia de padres o madres, y por lo tanto son incapaces de formar los tales. ¿Qué pueden enseñar de amor y de cosas terrenales, aquellos que han roto con esa posibilidad? Para nuestro autor, el celibato de los clérigos es una barrera infranqueable en la instrucción pública. Así, escribe:
Para enseñar Ingeniatura, Medicina o Filosofía, buscamos ingenieros, médicos o filósofos, mientras para educar personas destinadas a establecer familia y vivir en sociedad, elegimos individuos que rompen sus vínculos con la Humanidad y no saben lo que encierra el corazón de una mujer o de un niño. La educación puede llamarse un engendramiento psíquico: nacen cerebros defectuosos de cerebros mutilados. ¿Cómo formará, pues, hombres útiles a sus semejantes el iluso que hace gala de romper con todo lo humano, de no pertenecer a la Tierra sino al Cielo?’ (p.89)

Su conclusión en esto, es la siguiente, ‘Mírese desde el punto de vista que se mire, el sacerdote carece de requisitos para ejercer el magisterio.’ (p.90). Pues:
…la buena fe no basta; y como para curarnos de una enfermedad, no buscamos ingenieros de buena fe, sino médicos de buen saber, así, para educarnos, no debemos recurrir a teólogos de buena fe sino a educacionistas que sepan bien lo que son la mujer y el niño. (p.91)

González Prada también se opone al sistema internado en la educación peruana del siglo XIX. Para él, esta pedagogía clerical es, en buena cuenta:
…secuestración lejos de la familia para amortiguar en el niño los efectos naturales, secuestración lejos de la sociedad para hacer del niño un ciudadano de Roma y no del Universo, secuestración lejos de la vida para guiar al niño por la tradición o voz de los muertos. (ibíd.)

Las facturas de la mala instrucción pública en América Latina han desencadenado ‘grotescas dictaduras’. El autor culpa de esto a la instrucción católica. Muy por el contrario resalta la educación protestante:
Las brutales y grotescas dictaduras de la América Española son un producto genuino del Catolicismo y de la educación clerical. En naciones protestantes, donde el hombre adquiere desde niño la noción de su propia dignidad, donde el respeto a sí mismo le inspira el respeto a los demás, donde todos rechazan la creencia en autoridades infalibles y obediencias pasivas, ahí no se concibe un Francia, un Rosas, un García Moreno ni un Melgarejo. Pero el Catolicismo con sus dos morales, una para la autoridad y otra para el súbdito, es una verdadera secta de esclavos tiranos. (p.96, las cursivas pertenecen al autor).

Por eso, nuestro ilustre pensador, también critica la marcada educación confesional católica -en complicidad con el estado peruano- en la instrucción peruana, instrucción a la cual se opone tenazmente. Con respecto a esto, escribe, ‘Como el Estado subvenciona las escuelas con dinero de los contribuyentes, o con el óbolo de todos, la enseñanza católica establece un privilegio en favor de una sola secta.’ (p.97). Nuestro autor nota que esto no sucede con los países de tradición protestante o musulmana, donde los católicos son minoría. Por ejemplo, en Inglaterra, los católicos no son impelidos a adherirse a una instrucción confesional. Lo mismo sucede en algunos países musulmanes, como en el caso de Turquía, entonces:
¿Se aducirá que en el Perú los católicos están en mayor número y que las mayorías poseen la facultad de imponer leyes a las minorías? Entonces los católicos, que en Turquía o Inglaterra están en menor número, se hallarían en la obligación de educar a sus hijos en escuelas mahometanas o protestantes. Sin embargo, nadie aprovecha más que los católicos la libertad de enseñanza al establecer sus escuelas de Oriente, donde piden y obtienen del bárbaro franquicias que ellos niegan en Occidente al civilizado. (ibíd.)

González Prada nota que esto no se da en países donde los protestantes son una minoría. La instrucción pública es un monopolio vergonzoso de la iglesia católica, ‘si una agrupación de clérigos protestantes desea establecer una escuela en algún país católico, en ese caso todos los católicos pretenden que los protestantes carecen de toda razón y de todo derecho.’ (p.98). Eso se pudo ver en el intento del presidente Prado, quien ‘quiso, no secularizar las escuelas nacionales, sino contratar algunos pedagogos alemanes, nuestros clérigos y nuestros frailes removieron los bajos fondos de la sociedad hasta producir asonadas y motines, últimamente…’. Esta actitud tal vez se deba al hecho de que la iglesia católica era consciente que no podía competir contra la educación protestante, pues ‘¿Cómo no preferir el clergyman sociable, humano y buen padre de familia al sacerdote antisocial, agreste y fracconier matadero del amor?’ (ibíd.).

En los últimos párrafos del tema dedicado a la ‘instrucción católica’, González Prada aborda el declive de la religiosidad en general, y en esto dispara furibundamente contra toda forma de religiosidad, delatando su perspectiva atea de la religión. Cuando habla de la religiosidad católica, advierte que ‘La religión va perdiendo su carácter social para reducirse a costumbre de familia…’ (p.99). Mas adelante, de manera general se refiere en estos términos, a la religión:
La religiosidad considerada por algunos tan inherente a la especie humana, que definen al hombre un animal religioso, ¿posee tal carácter? Si ella fuera inherente al hombre, su desaparición causaría efectos mórbidos; pero sucede lo contrario: cuando más brilla en el cerebro la inteligencia, más se nubla en el corazón el sentimiento religioso. La religiosidad no pasa de accidente en la marcha de la Humanidad, corresponde a un período intermediario de la evolución mental, oscilando entre la absoluta ignorancia y la plena ilustración: el ignorante no niega ni afirma porque nada ve, el sabio duda y niega porque ve mucho. (ibíd.)

Por las razones antes esgrimidas, González Prada apela por la neutralidad de la instrucción educativa. Esta debe ser ‘laica’ y no ‘confesional’. Aún cuando acepta que esto es prácticamente imposible, recomienda:
…si abundan individuos que prefieren la Religión a la Ciencia, dejémosles en su error, con tal que no le impongan a los demás estableciendo la obligación de recibir una educación católica. (p.101)

Y más adelante, sostiene a manera de protesta, ‘La Ciencia en la escuela, la instrucción religiosa al templo’ (En esta parte cita a Condorcet, p.102).

Conclusión:
Si bien es cierto González Prada: (1) critica duramente y se opone al modelo clerical/confesional de la instrucción educativa de su tiempo; y (2) resalta el modelo protestante de educación y su influencia positiva en el progreso; no podemos decir que el anti-catolicismo de González Prada es una adhesión al protestantismo. Como hemos visto, su preocupación es la ciencia y el progreso (típico del pensamiento liberal de su época), independientemente por que vía venga esto. Su pensamiento en cuanto a la religiosidad, resulta más que evidente en su obra.

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[1] González Prada escribe, adrede, la palabra páginas con ‘j’ y no con ‘g’. La justificación idiomática, de su preferencia, la expone magistralmente en su obra Notas Sobre el Idioma.
[2] González Prada, como la mayoría de los pensadores liberales de su época, también fue un feminista muy activo. Su lucha por esta causa fue a través de la pluma y el discurso (i.e. ‘Las esclavas de la Iglesia’ pronunciado el 25 de septiembre de 1904 en la logia masónica Stella d’Italia de Lima y publicado cuatro años después en el libro Horas de lucha). En relación a esto, se escribe de él: ‘Como en muchos pensadores liberales o radicales de la época, el interés del intelectual peruano M. González Prada (1844-1918) por la condición de la mujer está vinculado con su feroz anti-catolicismo, un determinante ideológico que es también una reacción a la excesiva devoción de su familia señalada por su esposa’ (Perversas y divinas. La representación de la mujer en las literaturas hispánicas: el fin de siglo pasado y/o el fin de milenio actual, Carme Riera, Meri Torras e Isabel Clúa (eds.), t. 1, Caracas-Valencia, Ediciones Ex Cultura, 2002, p. 183-190.)
[3] En esta parte González Prada cita a Leibniz.
[4] A esto, el alimentar homeopáticamente y engendrar hijos en este estado, González Prada le llama ‘una evolución a la inversa’ (p.85).

martes, 29 de abril de 2008

Habilidades del consejero Biblico




Comprender a los demás: un requisito de todo consejero



La cualidad de comprender a los demás es un requisito imprescindible en todo consejero cristiano. Ya hemos visto como la teología personal del asesor pastoral, puede bloquear el proceso psicoterapéutico en el asistido. Es importante entonces recordar que las personas van a una sesión de consejería y/o psicoterápia pastoral, para recibir dirección y esperanza en medio de su agonía. Lo represivo debe de ser desterrado del proceso. La exhortación[1] dista mucho de la represión y la agresividad teológica. Hay que llamar al pecado como lo que es, pero eso no significa que se debe desesperanzar al pecador y dejarlo a las puertas del infierno.

Empatía
La empatía es la capacidad del consejero, o terapeuta, de ‘empatarse’ con su asistido. Esta cualidad se configura como la ‘Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro’ (‘empatía’, Diccionario RAE, CD-ROM).
Thomas Fuller (citado por John Maxwell, en Curso de Relaciones Interpersonales) dijo acertadamente, ‘Nadie sabe cuánto pesa la carga del otro’. Uno no se da por enterado de lo que le está pasando a la otra persona hasta que decida ‘empatarse’ y llevar su misma carga. La experimentación previa es uno de los mejores medios para lograr la empatía con el asistido. La biblia se refiere a la capacidad empática del consejero, como el producto de la experimentación, de este, en una situación similar a la del sufriente. Pablo escribe en la segunda carta a los Corintios (1:4) en estos términos:
[Dios] nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.

A través de este mecanismo, el consejero ama y consuela con el mismo amor y consuelo con que ha sido asistido por Dios La razón del consuelo de Dios, en nuestro sufrimiento, es que nosotros aprendamos a hacer lo mismo con los que sufren. La empatía es una cualidad que nace de una experiencia con Dios, sólo cuando experimentamos su amor y consuelo, estamos capacitados para hacerlo con la misma intensidad con la que lo hemos recibido. Cristo mismo empatizó con la humanidad entera al ponerse en nuestro lugar, al tomar la naturaleza humana. El mismo apóstol Pablo (Filip.2:6-8) declara que:
Él [Cristo], siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres. Mas aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

El resultado de esto es que, ‘nuestro Sumo Sacerdote puede compadecerse de nuestra debilidad, porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros’ (Hebreos 4:15). Nuevamente, la empatía es el resultado de la experiencia sufriente del que consuela. Eso lo capacita para poder hacer lo mismo con otros.

En adelante, cuando hablemos de la técnica directiva y no directiva, volveremos a tocar la empatía, como la capacidad para comprender a los demás.

Saber escuchar
Los consejeros experimentados saben perfectamente que durante la sesión de consejería –sobretodo en las primeras- se tiene que prestar mucha atención a todo lo que las personas ‘descarguen’, mientras buscan ayuda en nosotros. Siempre existe la tentación de hablar más de lo que escuchamos[2] –y peor aun, hablar en un tono juiciero, represivo y sobre-espiritualizado. Escuchar poco y hablar demasiado, hace que nosotros seamos el centro de atención. Esto puede producir un sentimiento de desplazamiento y poca estima en el asistido. Hay que recordar que las personas vienen para ser escuchadas, atendidas y entendidas, no a escuchar una verborrea interminable de narcicismo enfermizo de boca del consejero.

No asumir una posición juez
Ya hemos mencionado la actitud juiciera, como un elemento negativo en el intento de comprender a los demás. No se trata de ser ligeros con el pecado, sino de ser amorosos con el pecador. Hay que establecer una diferenciación entre pecado y pecador. Como consejeros debemos de señalar al pecado y la responsabilidad del ser humano en la comisión del pecado, pero a la vez abandonar la pretensión de ser jueces de una causa (la culpabilidad y el pecado) que todos hemos experimentado en mayor o menor intensidad en nuestra experiencia de vida. No se puede arrojar la primera piedra, al querer hacerlo, tenemos que hurgar en nosotros mismos, entonces encontraremos que nosotros que juzgamos, también hacemos lo mismo[3] de una u otra manera. Señalar el pecado, la responsabilidad y la culpabilidad humana, no nos extiende licencia para convertirnos en jueces. Eso nos lleva al siguiente elemento en la habilidad de escuchar a los demás.

Dar esperanza
Aun cuando señalemos el pecado y la necesidad urgente de un arrepentimiento en la persona, no debemos de olvidar que estamos frente a ella para proveer la esperanza de un perdón y la posibilidad de limpiar sus vestiduras, de las manchas del pecado, en Cristo Jesús, nuestro parákletos[4]. La culminación victoriosa de la consejería es presentar ‘criaturas nuevas’ a través de la obra del Espíritu Santo y el consejo de la Palabra de Dios, no es proscribir a nadie de los linderos del Reino de Dios, ni enviar al infierno por anticipado a una persona. Los que hemos experimentado la gracia y la misericordia de Dios, nos vemos constreñidos a proyectar y compartir, de esa gracia, bebida previamente. Podemos citar dos ejemplos contundentes en este punto. Primero la actitud de Jesús frente a la mujer adultera (Jn. 8:3-11) y, segundo, la actitud de Pablo frente a un potencial suicida en Filipos (Hch.16:26-34). Dar esperanza produce cambio y animan a las personas a abandonar el pecado, desesperanzar, lejos de apartarlos, los acercará mucho más a una espiral descendente y caótica, de una vida sin Cristo y sin esperanza.

Ser un consejero carne y hueso
Otro error que cometemos la mayoría de consejeros, es la de auto-ubicarnos en una posición cuasi divina, desde donde miramos con sorpresa las faltas y los pecados de los demás. La relación que debe de establecer el consejero o terapeuta, con el asistido, debe de ser una relación amical, de hermano, de padre; de pastor que acoge, ayuda, levanta, anima y asiste al sufriente. Los que buscan ayuda en el pastor, o en un clérigo, no vienen para someterse a seudos moralismos de personas que viven en una dimensión espiritual (convirtiéndose en una especie de cuerpos etéreos) que no se contaminan con el pecado, vienen en busca de un amigo de carne y hueso que los ayude en su precaria situación moral y espiritual. Al fin y al cabo, saben que el amigo ama en todo tiempo y es como un hermano en tiempo de angustia (Prov. 17:17).




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[1] En algunas tradiciones eclesiásticas, se confunde la exhortación con la reprensión. Según el Diccionario de la RAE, esta palabra tiene una única acepción y significa: ‘Incitar a alguien con palabras, razones y ruegos a que haga o deje de hacer algo’.
[2] Cf. Stgo.1:19.
[3] Cf. Ro.2:1, 3.
[4] Vea 1 Jn.2:1.

Psicoterápia y Espiritualidad


La espiritualidad y la teología, como elementos positivos y negativos, en el desarrollo de la psicoterapia


Ya hemos mencionado del valor que se le da actualmente a la espiritualidad en el proceso psicoterapéutico. Los estudios científicos demuestran que las personas que se aferran a su fe, logran una mayor recuperación en el proceso terapéutico[1]. Hablar hoy de espiritualidad no debe sorprendernos, la predilección del hombre posmoderno por la religión, ha hecho que se le ha catalogue como un homo religiosus. Hoy en día se puede ver que la espiritualidad ha tendido sus tentáculos, también sobre el plano psicoterapéutico. De manera que no se puede hablar hoy de una psicoterapia sin espiritualidad, esto resulta casi imposible.

Hemos mencionado también la obra de Agneta Schreurs y la integración que ella hace entre espiritualidad y psicoterapia. En cuanto a la relación que se da entre ambas, nuestra autora sostiene, ‘…la espiritualidad es contextual a la terapia. Como tal, puede tener efectos tanto positivos como negativos sobre el proceso terapéutico’ (2004, p.326). En adelante nos avocaremos a auscultar como se da esta integración y como funciona en la práctica psicoterapéutica. Para eso nos remitiremos exclusivamente a la obra de Schreurs (Psicoterapia y Espiritualidad, 2004, pp.317-336, 371).

La espiritualidad como un elemento positivo
Los médicos recomiendan enfáticamente a los enfermos terminales a no caer en una profunda depresión, porque esto acelera su enfermedad. Deprimirse es como darle una orden a las células del cuerpo para que no sigan luchando, que se rindan ante la circunstancia y no reaccionen defensivamente ante ella. Está demostrado que una buena actitud puede ayudar al paciente a seguir luchando contra su enfermedad. Las terapias ocupacionales, también la risoterapia y la músicoterapia son muy usuales para proteger al paciente de la depresión. Sin embargo, es el recurso espiritual lo que produce mejores resultados en la lucha contra la enfermedad. En el caso de un cristiano, este se aferra a su fe, a su esperanza de que Dios lo está protegiendo y que aun puede sanarlo. Su respuesta frente a la crisis, es la esperanza, es la ‘paz que sobrepasa todo entendimiento’ (Filp.4:7), la aceptación de su estado como parte de la voluntad de Dios, hecho que se configura como una oportunidad para crecer en su fe. El creyente sabe que Dios tiene el control de todo y que al final le dará la victoria. El final terrenal no le importa demasiado, tiene puesto su mirada en el para qué antes que el por qué de las cosas. En esto radica la diferencia entre el paciente que hace uso del recurso espiritual y del que lo prescinde. Mientras el creyente se mantiene con esperanza, el incrédulo se desespera e ingresa en un espiral descendente de resignación y amargura, que acelera su final.

La espiritualidad como un elemento negativo
Aun cuando hemos hablado en términos positivos del recurso espiritual, este puede terminar jugando un papel negativo en el proceso psicoterapéutico. Esto depende mucho del arsenal religioso con el cual se presenta el asistido al proceso. Para ilustrarnos mejor, veamos la escena 17 que presenta Schreurs (pp.319-320, en fotocopia). La conclusión a la cual llega nuestra autora, es que un determinado tipo de ‘teología’ puede bloquear a la persona y no permitirle su recuperación, ni que el terapeuta o asesor pastoral avancen en el proceso curativo. Sin embargo la solución no está en reprimir la teología personal del paciente sino reorientarla de manera que resulte constructiva[2]. La escena presentada por nuestra autora, nos da cuenta de la existencia de una ‘teología de la alegría’ entre los protestantes que habían luchado en Nicaragua, en la guerra librada por sandinistas y contras durante los años ochentas. Este tipo de construcción teológica se había apoderado de la estructura mental de algunos veteranos de guerra nicaragüenses, les había puesto dentro de una camisa de fuerza de la cual no podían zafarse. La denominada ‘teología de la alegría´ no es un monopolio exclusivo de los nicaragüenses, esta está instalada en la mayoría de los evangélicos latinoamericanos. No les permite decir que están tristes, ni mucho menos desanimados, puesto que “Dios es un Dios de alegría y sus hijos no deben estar tristes”. La tristeza se convierte como una evidencia de carnalidad o de falta de madurez espiritual[3]. Es muy común encontrar en las reuniones de las iglesias latinoamericanas la pregunta “¡¿Cuántos están alegres en este día?!”. Todos se ven impelidos a asentir afirmativamente con un amén en voz alta. Estar tristes se ha convertido en una acción delictiva y proscrita en el laberinto teológico de algunas personas. Muchas personas no van a la consejería por la falsa vergüenza de ser un ‘bicho raro’ en miedo de tantos seres etéreos, angélicos y espirituales. El daño que produce ciertas construcciones teológicas particulares, pueden devenir en una especie de psicopatología religiosa o daño psicológico provocado por las ideas religiosas.

La teología personal del asesor pastoral como un elemento negativo
A veces no es la espiritualidad ni la teología del paciente la que genera una barrera infranqueable en el proceso psicoterapéutico, sino la teología personal del consejero pastoral. En este caso son los consejeros o terapeutas los que tienen superar primeramente esta muralla levantada sobre la base de la identidad doctrinal de cada tradición eclesiástica. Aquí debemos formularnos algunas preguntas: ¿cómo debe asumir un consejero bautista, si viene ante él un paciente pentecostal que cree fervientemente en sueños, revelaciones, profecías y visiones?, ¿impondrá su teología personal frente a la de su paciente, o se inhibirá de ella?, ¿cómo conducirá, un consejero calvinista, un caso en la cual un paciente viene atormentado porque cree que ‘perderá’ su salvación por un pecado cometido? Son casos y cosas que uno debe de meditar considerablemente antes de iniciar el proceso de consejería y terapia pastoral. La respuesta terapéutica del consejero no debe de ser trasladada al plano apologético, puesto que su tarea no es ‘defender la sana doctrina’ sino curar una vida que resiste precariamente ante la irrupción de un evento crítico.

Recuerdo nítidamente cierta vez que tuve un accidente automovilístico y tuve que pasar diecisiete largos días de internado en un hospital. Una de esas diecisiete tardes, apareció un hermano de cierta tradición eclesiástica, desconocido para mí, tratando de ‘animarme’ con sus consejos. Lo anecdótico de esto es que desde un inicio empezó a vomitar una verborrea plagada de condenas, diciéndome que tenia que arrepentirme, que lo que me había pasado era ‘tal vez por que yo había pecado’[4]. No me incomodó esa declaración, porque es cierto que todos somos pecadores, pero en ningún momento me dio esperanza, no me habló de la protección y la enorme misericordia de Dios para sus hijos, me redujo a un simple pecador desesperanzado. Luego entendí que detrás de sus palabras se escondía su teología acerca del sufrimiento humano: este es el resultado del pecado. No había otra manera, para él, de explicar lo que me estaba pasando. Tres años después estuve comentando, a un hermano chileno, de la importancia de dar esperanza a las personas en su estado sufriente. Este me comentó que lo mismo que me había sucedido a mí, también le había sucedido a una hermana que él conocía, al final ella se rehusó a recibir a sus ‘consejeras’ porque terminaba más desanimada. Nuevamente, la teología de los consejeros resultó negativa, lesiva y hasta nociva, para la persona asistida.

La importancia de conocer la psicología del enfermo y el sufriente, para no imponer un esquema teológico espiritualizado

A lo anterior también se suma también la falta de conocimiento de la psicología del enfermo -o del sufriente- de parte de los consejeros. Un enfermo no piensa ni actúa de la misma manera que una persona sana. Sus emociones han sido trastocadas y se encuentran en el límite de su fe; pugnan por seguir aferrándose a Dios, pero sienten que los que le rodean ignoran lo que pasa dentro de si. Sus expectativas, con respecto a su comunidad de apoyo (la iglesia) crecen enormemente, lo mismo sucede con respecto a lo que debe de hacer el pastor de la iglesia. Es una mega lucha que a veces se ignora desde nuestra posición de personas sanas. Para una persona enferma no hay escusas válidas, si no se le visitó, se sentirá abandonado y poco amado. La frase más insignificante puede resultar un chorro de agua hirviente cayendo sobre sus pies desnudos. Pero a veces no se considera que sus reacciones son el resultado de su estado de ánimo, si se le escucha un lamento, entonces se les reprime y se les reprende por ‘no confiar en Dios’. Los que hacen esto simplemente no conocen la psicología del enfermo, del hermano sufriente, del caído y del doblegado por las circunstancias terribles que está viviendo. Los ‘sanos’ podríamos decir que es falta de fe, sin embargo podemos revisar algunos pasajes en los cuales grandes hombres de Dios se sintieron en el límite y renegaron de su situación[5]; sin que eso significara un pecado imperdonable. Si deducimos eso, trataríamos de entenderles mejor a ellos.

Lo represivo y los prejuicios teológicos del consejero, complotan contra la recuperación del asistido. En esto fallan muchas personas, bien intencionadas y que fungen de consejeros, pero que al final terminan haciendo más daño a la persona sufriente[6]. Es mejor inhibirse de dar juicios valorativos de manera confrontacional. Se recomienda re-direccionar la teología que está produciendo daños en la persona, de manera creativa, y sin levantar sospecha y actitudes defensivas y apologéticas de parte de éste. La empatía, y otras habilidades más, también son determinante en la tarea de curar almas. De eso hablaremos en el siguiente tema.

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[1] Amy Scholten (‘Asesoría pastoral: Integrando la espiritualidad y psicoterapia’), afirma que: ‘Con el aumento de evidencia científica se está demostrando una conexión entre la fe y la recuperación incrementada de trauma y enfermedad’.
[2] Schreurs (2004, p.320) comenta en este punto: ‘…criticar o corregir la teología de otras personas está fuera del ámbito y la competencia de la psicoterapia’
[3] Se me viene a la mente un evento vivido en esta misma línea de pensamiento. Cierta vez que llegaba de dar un examen en la universidad, no me había ido bien. En la puerta de la iglesia encontré a cierto jovenzuelo que me preguntó como estaba. Yo fui sincero y le dije que me sentía triste y desanimado, acto seguido abrió bien sus ojos, me miró inquisidoramente y me dijo con voz santurrona: “¿cómo es eso que un hijo de Dios está triste y desanimado?”. En ese tiempo pensé que verdaderamente había cometido un pecado por haber lanzado esa frase fatal. La teología personal de este jovenzuelo -que hoy ni siquiera sigue en la vida cristiana- produjo en mí, en aquella ocasión, cierto grado de culpabilidad y de comisión de pecado. Lamentablemente, esta lúgubre puesta en escena todavía es muy recurrente el día de hoy.
[4] Agneta Schreurs (2004, pp.337, 371-376) nos ayuda explicar esta teología particular, que es muy difundida en América Latina, a partir de la forma como nos relacionamos con Dios. Siguiendo a Brümmer, nos muestra tres categorías en las cuales todos los seres humanos nos relacionamos, no sólo entre nosotros mismos, sino también con Dios: (1) relaciones impersonales (o manipuladoras), (2) los acuerdos acerca de los derechos y obligaciones mutuos (o relaciones contractuales), y (3) las relaciones de amor mutuo (o de compañerismo). La teología a la cual nos referimos, es el resultado de la segunda categoría, es decir, una relación contractual en la que ambas partes son reemplazables y se comprometen a la prestación de servicios. Entonces, ‘la relación es esencialmente instrumental e interesada… [y da como resultado] una conexión muy estrecha entre el error, la culpa y el castigo’ (p.372, 374; las cursivas son de la autora). En este tipo de relación, sobre la cual se asienta la ‘teología del merito’, Dios funciona como un ente que castiga o premia las acciones del hombre, a causa de la relación contractual que mantiene con él.
[5] Job (3:3, 11, 13), el paradigma de la paciencia, llegó a declarar: «¡Perezca el día en que yo nací y la noche en que se dijo: “Un varón ha sido concebido!» ¿Por qué no morí yo en la matriz? ¿Por qué no expiré al salir del vientre?” Ahora estaría yo muerto, y reposaría; dormiría, y tendría descanso.
Jeremías (20:14-15, 17-18), el profeta solitario, deseaba morirse y maldijo el día de su nacimiento: ¡Maldito el día en que nací! ¡Que no sea bendecido el día en que mi madre me dio a luz! ¡Maldito el hombre que dio la noticia a mi padre, diciendo: «Un hijo varón te ha nacido», causándole gran alegría!
…porque no me mató en el vientre. Mi madre entonces hubiera sido mi sepulcro, pues su vientre habría quedado embarazado para siempre. ¿Para qué salí del vientre? ¿Para ver trabajo y dolor, y que mis días se gastaran en afrenta?
Podríamos aun seguir citando a otros hombres que estuvieron en el límite. Tal es el caso de David (Salmo 55:6-7) y del mismo Señor Jesús, quien declaró, ‘…Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’ (Mt.27:45). El dolor y el lamento en la vida cristiana no son opuestos a nuestra fe.
[6] A esto, el Dr. Jorge León (‘La entrevista psicológico-pastoral’ en www. cristianet.com/psicopastoral. Accedido el 29/11/2003) le llama ´latrogenia’. En este punto él escribe: ‘En el mundo de las Iglesias, es más común que las personas acudan al pastor en la búsqueda de una orientación para sus problemas personales, que a un profesional de la salud. Es por eso que debe estar preparado, entrenado y con conocimiento de la problemática psicológica, ya que a pesar de las buenas intenciones, a veces pueden provocarse daños psíquicos muy difíciles de resolver. A este daño lo llamamos Iatrogenia, que es la enfermedad causada por el que “tiene que curarla”’.

viernes, 28 de marzo de 2008

Teología y Psicología


La importancia de conocer al ser humano en el proceso de ‘cura de almas’ (*)


La diferencia entre la Consejería Bíblica y la Psicología Pastoral radica en la utilización de los conocimientos psicológicos, que hace la segunda, en el proceso de ‘cura de almas’. La Psicología Pastoral cree que es muy útil y conveniente, el conocimiento del ser humano, desde la perspectiva psicológica, para el inicio del proceso curativo y psicoterapéutico del asistido. Esto no es para decir que el conocimiento bíblico debe de ser dejado de lado, por el contrario, el conocimiento antropológico del hombre, desde una perspectiva bíblica, es primordial, fundamental, determinante e insustituible en este proceso. Por eso, la existencia de una Psicología Pastoral, no excluye de ninguna manera el conocimiento bíblico-teológico, sino que la considera como complementaria del conocimiento psicológico del ser humano.

Tenemos que admitir que hay enfoques psicopastorales muy dependientes de la psicología, sobre todo del psicoanálisis. Eso tal vez ha generado cierto rechazo y desprecio por la presencia de psicología en la consejería. Sostenemos que de ninguna manera de debe de soslayar de los conocimientos psicológicos, sobre todo si son de ayuda y están bajo el control de la reflexión bíblica. E. Thurneysen[1] hace bien en afirmar que:
Para entrevistar al hombre en la Cura del Alma, hace falta en el preámbulo conocer al hombre. La Cura del Alma, se servirá pues de la Psicología como una ciencia auxiliar, que permita explicar la naturaleza interior del hombre y adquirir su conocimiento.

Volviendo a la presencia de algunas Psicologías Pastorales, H. O. Mowrer, conocido psicoterapeuta no cristiano, ha criticado la dependencia de estas, respecto del psicoanálisis, en estos términos: ‘Demasiados pastores evangélicos han renunciado al mensaje que tenían por un plato de lentejas freudianas’[2]

No se puede sobrevalorar lo psicológico en desmedro de lo bíblico-teológico. Por eso, de manera concluyente, podemos decir que todo consejero, asesor o psicoterapeuta cristiano, necesita tener un pleno conocimiento del ser humano tanto desde la perspectiva bíblica, como de la perspectiva psicológica. El reconocido psicólogo cristiano Jorge León (2000, pp.15-29) en su obra titulada, Psicología Pastoral para todos los Cristianos, habla de dos enfoques: el teológico y el psicológico, ambos son indispensables en la intención de conocer al ser humano. En adelante, analizaremos cuales son los énfasis principales en ambos.

El conocimiento bíblico-teológico del ser humano
Dentro de la Teología Sistemática existe una rama que estudia específicamente al ser humano, se le conoce como doctrina del hombre o antropología. El estudio se centra en la creación, la caída y el estado actual del ser humano. La Biblia ofrece la gran posibilidad de que los seres humanos se conozcan a mismos a través del lente de la revelación de Dios. El conocimiento humano del hombre es imperfecto porque está mediado por el pecado y el prejuicio que el ser humano es un ente cuasi autónomo, resultado de un proceso evolutivo que ha alcanzado su ‘mayoría de edad’ a través de la ciencia y la tecnología. No discierne las verdades espirituales de la presencia del pecado y su efecto en la naturaleza[3] del hombre, tampoco la posibilidad de llegar a ser un hombre nuevo en Dios, su creador, el Hijo, su redentor y el Espíritu Santo, su consolador. Por lo tanto, podemos decir, que el conocimiento humano de si mismo es imperfecto e incompleto, si no considera la revelación divina de la Palabra de Dios, o lo que llamamos, el enfoque teológico. La ciencia tiene el prejuicio de ser autosuficiente y excluye la Biblia como medio válido para conocer al ser humano. Jorge León (2000, p.16) afirma que, ‘No debemos confiar demasiado en las facultades humanas’. Esta es una declaración valida, dado que estas han sido afectadas por el pecado, y por lo tanto, son imperfectas. Entonces, ‘Para comenzar a entender lo que somos como criaturas, y quien es nuestro Creador, es necesario reconocer nuestra debilidad e ignorancia, y partir de la revelación divina’ (ibíd. p.17)

Dios ha tomado la iniciativa, y se ha interesado en la tarea de que la humanidad se conozca a través del conocimiento suyo. El se ha revelado voluntariamente al hombre y le ha dado la oportunidad, no sólo de conocer de si mismo, sino que, por encima de esto, de conocer a su Creador y el plan que él tiene para su creación.

La comprensión de la conducta del ser humano no es un monopolio exclusivo de la psicología, muchas actitudes se pueden entender a partir de la Biblia y la descripción que ésta nos hace del ser humano como creación divina. No nos referimos a una lectura espiritualizada y animista de la conducta humana que ve maldad, pecado y entes espirituales en todo el accionar de la humanidad, sino, al punto de vista, verdaderamente bíblico, que escapa al simple animismo y esoterismo con que algunas veces nos aproximamos a la creación de Dios. Por ejemplo es muy común encontrar lecturas sobre-espiritualizadas de la conducta humana que reducen todo al accionar demoniaco y que, inconscientemente, liberan al ser humano de todo tipo de responsabilidad, pues la culpa siempre termina siendo del Diablo y no del hombre. Doctrinas como la de la ‘guerra espiritual’ y la presencia de un protestantismo popular, son muy populares en el protestantismo latinoamericano. Sueños, visiones, profecías y una tensión entre dos dimensiones: espiritual y material, son distintivos evidentes de este tipo de protestantismo.

A manera de conclusión podemos decir que el conocimiento bíblico-teológico del hombre, se configura como el punto de partida, en el intento de conocer al ser humano, en el proceso de cura de almas. Lo psicológico, viene a continuación.

El conocimiento psicológico del ser humano
Hemos mencionado la importancia del conocimiento bíblico-teológico del hombre, esto sin embargo no es excluyente del conocimiento psicológico del ser que Dios ha creado. De hecho, conocer algunos rasgos de la conducta, pensamiento y sentimientos, desde la perspectiva psicológica, no atenta ni complota contra la verdad bíblica. Sobre todo si asumimos a la psicología como una ciencia auxiliar, de ayuda y recurso secundario en el proceso de cura de almas.

El deseo que tiene el ser humano, de conocerse a si mismo, es tan antiguo como la filosofía griega. Para todos nosotros es muy familiar la expresión ‘conócete a ti mismo’, que se le ha vinculado históricamente al filósofo griego Sócrates. Esta expresión revela la intención del ser humano por conocerse a sí mismo, ya desde la edad antigua.

Las posibilidades que nos ofrece la psicología moderna son enormes, sin embargo, tal como lo hemos mencionado antes, esta debe de sujetarse a lo bíblico, si quiere ser de ayuda a lo que hoy se conoce como la Psicología Pastoral. Hoy en día no hay campo de estudio donde la psicología no esté presente –está aun en la religión-, la psicología ha hecho sentir su presencia en todas las áreas del conocimiento. No es entonces ninguna novedad que psicología y teología hayan iniciado sus primeros coqueteos, a través de la llamada Psicología Pastoral y las psicoterapias espirituales.

En un artículo publicado por María Jesús Álava Reyes[4], donde ella explica qué es la psicología y cuál es su utilidad, ella escribe:
…gracias a la psicología, podemos aprender a conocernos mejor, podemos llegar a comprender la razón por la que, tanto nosotros como otras personas, nos comportamos de una determinada forma. La psicología puede ayudarnos a entendernos y a entender a los que nos rodean, a encontrar explicaciones a conductas dispares, a conseguir que actuemos desde la lógica y el razonamiento, desde la no exigencia de imposibles, desde la comprensión y la flexibilidad que da el conocimiento mutuo.

Es evidente que la psicología puede proveernos conocimientos que nos ayuden a auscultar la compleja conducta humana, descender a los escondrijos intrincados de la mente y tratar de entenderla. Con esto no estamos tratando de hacer una apología de ella, sino más bien, llamar la atención con respecto a su utilidad, dentro del ministerio de consejería y consolación. Además de esto, la psicología puede ayudarnos a distinguir cuando estamos frente a un caso de demonización y cuando, por ejemplo, a un caso de epilepsia o esquizofrenia, puesto que sus manifestaciones externas suelen confundirse fácilmente por los clérigos.

Sin embargo hay que tener mucho cuidado con la tentación de sentirse autosuficientes con la presencia de la psicología en la sociedad moderna. La psicología, por sí misma, no es suficiente para poder cambiar al ser humano, muchos menos para darle las claves de la felicidad, tal como se presume en los círculos de la psicología[5].

En el pasado hubo demasiado optimismo con respecto al rol de la psicología y de lo que esta podía hacer. Los seguidores del psicoanálisis llegaron a la conclusión que todos los males de la humanidad se terminarían con el descubrimiento de la práctica psicoanalítica[6], sin embargo la historia nos ha demostrado que el mal sigue vigente y reina imparable sobre una sociedad que necesita volver a su creador.

¿Es posible juntar al gato y al ratón?
La pregunta que nos convoca en este punto, es saber si teología y psicología pueden convivir juntas y servirse una de la otra. Han pasado ya muchos años desde que Lawrence J. Crabb Jr. (1977, p.31) se hiciera la pregunta si el Cristianismo y la Psicología eran ¿aliados o enemigos? La relación entre ambas no ha sido muy alentadora en el pasado, pues hubo una época en la que se excluyeron, despreciaron y vetaron mutuamente[7]. Jorge León (ibíd., p.20), nos da cuenta que, ‘hubo un tiempo en que todo diálogo entre la fe cristiana y la psicología era imposible’. La relación ha ido mejorando hasta llegar a cierto grado de tolerancia, aceptación y colaboración entre ambas. Por un lado surgió la Psicología Pastoral y por el otro, la aceptación del recurso espiritual dentro del proceso psicoterapéutico en la psicología clínica[8]. Entonces podemos concluir que la relación entre teología y psicología, ha pasado de un estado de enemistad y sospecha, a una de sociedad, aceptación y ayuda mutua.


(*) Una de las clases introductorias del curso de Psicología Pastoral I, dada por el autor del Blog.


Notas:


[1] (Doctrine de la cure d·ame, Delacheaux et Niestle S.A. Neûchatel, Suiza, 1958, p. 143, citado por León, ‘La posibilidad de conocer al ser humano’, p.27)
[2] Citado por Pablo Martínez, ‘El Pastor como consejero: Principios Básicos de Consejería Pastoral’ en Biblioteca de Teología y Psicología Pastoral, vol. 3, Editorial CLIE, Barcelona.
[3] Cuando hablamos de la ‘naturaleza del hombre’ nos estamos refiriendo a la integralidad de este, cuerpo (soma), alma (psiquis) o espíritu (neuma). El pecado no sólo ha afectado la naturaleza física del hombre, sino también su manera de actuar, pensar y sentir.
[4] ‘Qué es y para qué sirve la Psicología’ en www.casadellibro.com/capitulos/8497346327.pdf. Accedido el 23/03/08.
[5] Nuestra autora antes citada (ibíd. Las mayúsculas pertenecen a la autora), escribe acerca de la utilidad de la psicología en los siguientes términos, ‘Recordemos que la psicología nos enseña que LA FELICIDAD DEPENDE DE NOSOTROS MISMOS, NO DE NUESTRAS CIRCUNSTANCIAS’
[6] Aquí, Jorge León (2000, p.20) anota: ‘Había personas tan ingenuas como para pensar que, una vez que toda la humanidad fuera psicoanalizada, todos vivirían en paz y armonía’.
[7] Todavía existe un grupo de consejeros que se muestran reacios a la presencia ‘invasiva’ de la psicología. En un artículo (‘Consejería Bíblica en Lugar de Psicología’ en Piense conforme a la Biblia) de John D. Street podemos ver claramente una fuerte protesta contra los llamados “psicólogos cristianos”: ’Mientras los psicólogos seculares restan valor a la Biblia como psicología arcaica y equivocada, sus colegas cristianos trabajan desesperadamente para apoyar su terapéutica inexperta con una apologética de ingenuidad psicológica’ (2003, p.217). A la Psicología Pastoral se le ha ligado a la teología liberal y a la influencia del psicoanálisis de Freud (cf. Crane, R. 2003, ‘El hombre psicológico que Dios ha creado’ en Psicología, UNILIT, Miami, p.43). Es de esperarse entonces cierto rechazo de parte de la teología conservadora y fundamentalista. En el capítulo de Crane (pp.46-65), a la cual hacemos referencia, existe una excelente recopilación de cómo se ha dado el proceso de integración entre psicología y la fe cristiana.
[8] La escritora holandesa Agneta Schreurs ha escrito una excelente obra titulada Psicoterapia y espiritualidad, publicada el año 2002 por Desclée de Brouwe. Allí, nuestra autora interrelaciona hábilmente la psicoterapia y la espiritualidad como un recurso que puede desempeñar un rol positivo en la recuperación del paciente.

Teología y Psicología

La importancia de conocer al ser humano en el proceso de ‘cura de almas’


La diferencia entre la Consejería Bíblica y la Psicología Pastoral radica en la utilización de los conocimientos psicológicos, que hace la segunda, en el proceso de ‘cura de almas’. La Psicología Pastoral cree que es muy útil y conveniente, el conocimiento del ser humano, desde la perspectiva psicológica, para el inicio del proceso curativo y psicoterapéutico del asistido. Esto no es para decir que el conocimiento bíblico debe de ser dejado de lado, por el contrario, el conocimiento antropológico del hombre, desde una perspectiva bíblica, es primordial, fundamental, determinante e insustituible en este proceso. Por eso, la existencia de una Psicología Pastoral, no excluye de ninguna manera el conocimiento bíblico-teológico, sino que la considera como complementaria del conocimiento psicológico del ser humano.

Tenemos que admitir que hay enfoques psicopastorales muy dependientes de la psicología, sobre todo del psicoanálisis. Eso tal vez ha generado cierto rechazo y desprecio por la presencia de psicología en la consejería. Sostenemos que de ninguna manera de debe de soslayar de los conocimientos psicológicos, sobre todo si son de ayuda y están bajo el control de la reflexión bíblica. E. Thurneysen[1] hace bien en afirmar que:
Para entrevistar al hombre en la Cura del Alma, hace falta en el preámbulo conocer al hombre. La Cura del Alma, se servirá pues de la Psicología como una ciencia auxiliar, que permita explicar la naturaleza interior del hombre y adquirir su conocimiento.

Volviendo a la presencia de algunas Psicologías Pastorales, H. O. Mowrer, conocido psicoterapeuta no cristiano, ha criticado la dependencia de estas, respecto del psicoanálisis, en estos términos: ‘Demasiados pastores evangélicos han renunciado al mensaje que tenían por un plato de lentejas freudianas’[2]

No se puede sobrevalorar lo psicológico en desmedro de lo bíblico-teológico. Por eso, de manera concluyente, podemos decir que todo consejero, asesor o psicoterapeuta cristiano, necesita tener un pleno conocimiento del ser humano tanto desde la perspectiva bíblica, como de la perspectiva psicológica. El reconocido psicólogo cristiano Jorge León (2000, pp.15-29) en su obra titulada, Psicología Pastoral para todos los Cristianos, habla de dos enfoques: el teológico y el psicológico, ambos son indispensables en la intención de conocer al ser humano. En adelante, analizaremos cuales son los énfasis principales en ambos.

El conocimiento bíblico-teológico del ser humano
Dentro de la Teología Sistemática existe una rama que estudia específicamente al ser humano, se le conoce como doctrina del hombre o antropología. El estudio se centra en la creación, la caída y el estado actual del ser humano. La Biblia ofrece la gran posibilidad de que los seres humanos se conozcan a mismos a través del lente de la revelación de Dios. El conocimiento humano del hombre es imperfecto porque está mediado por el pecado y el prejuicio que el ser humano es un ente cuasi autónomo, resultado de un proceso evolutivo que ha alcanzado su ‘mayoría de edad’ a través de la ciencia y la tecnología. No discierne las verdades espirituales de la presencia del pecado y su efecto en la naturaleza[3] del hombre, tampoco la posibilidad de llegar a ser un hombre nuevo en Dios, su creador, el Hijo, su redentor y el Espíritu Santo, su consolador. Por lo tanto, podemos decir, que el conocimiento humano de si mismo es imperfecto e incompleto, si no considera la revelación divina de la Palabra de Dios, o lo que llamamos, el enfoque teológico. La ciencia tiene el prejuicio de ser autosuficiente y excluye la Biblia como medio válido para conocer al ser humano. Jorge León (2000, p.16) afirma que, ‘No debemos confiar demasiado en las facultades humanas’. Esta es una declaración valida, dado que estas han sido afectadas por el pecado, y por lo tanto, son imperfectas. Entonces, ‘Para comenzar a entender lo que somos como criaturas, y quien es nuestro Creador, es necesario reconocer nuestra debilidad e ignorancia, y partir de la revelación divina’ (ibíd. p.17)

Dios ha tomado la iniciativa, y se ha interesado en la tarea de que la humanidad se conozca a través del conocimiento suyo. El se ha revelado voluntariamente al hombre y le ha dado la oportunidad, no sólo de conocer de si mismo, sino que, por encima de esto, de conocer a su Creador y el plan que él tiene para su creación.

La comprensión de la conducta del ser humano no es un monopolio exclusivo de la psicología, muchas actitudes se pueden entender a partir de la Biblia y la descripción que ésta nos hace del ser humano como creación divina. No nos referimos a una lectura espiritualizada y animista de la conducta humana que ve maldad, pecado y entes espirituales en todo el accionar de la humanidad, sino, al punto de vista, verdaderamente bíblico, que escapa al simple animismo y esoterismo con que algunas veces nos aproximamos a la creación de Dios. Por ejemplo es muy común encontrar lecturas sobre-espiritualizadas de la conducta humana que reducen todo al accionar demoniaco y que, inconscientemente, liberan al ser humano de todo tipo de responsabilidad, pues la culpa siempre termina siendo del Diablo y no del hombre. Doctrinas como la de la ‘guerra espiritual’ y la presencia de un protestantismo popular, son muy populares en el protestantismo latinoamericano. Sueños, visiones, profecías y una tensión entre dos dimensiones: espiritual y material, son distintivos evidentes de este tipo de protestantismo.

A manera de conclusión podemos decir que el conocimiento bíblico-teológico del hombre, se configura como el punto de partida, en el intento de conocer al ser humano, en el proceso de cura de almas. Lo psicológico, viene a continuación.

El conocimiento psicológico del ser humano
Hemos mencionado la importancia del conocimiento bíblico-teológico del hombre, esto sin embargo no es excluyente del conocimiento psicológico del ser que Dios ha creado. De hecho, conocer algunos rasgos de la conducta, pensamiento y sentimientos, desde la perspectiva psicológica, no atenta ni complota contra la verdad bíblica. Sobre todo si asumimos a la psicología como una ciencia auxiliar, de ayuda y recurso secundario en el proceso de cura de almas.

El deseo que tiene el ser humano, de conocerse a si mismo, es tan antiguo como la filosofía griega. Para todos nosotros es muy familiar la expresión ‘conócete a ti mismo’, que se le ha vinculado históricamente al filósofo griego Sócrates. Esta expresión revela la intención del ser humano por conocerse a sí mismo, ya desde la edad antigua.

Las posibilidades que nos ofrece la psicología moderna son enormes, sin embargo, tal como lo hemos mencionado antes, esta debe de sujetarse a lo bíblico, si quiere ser de ayuda a lo que hoy se conoce como la Psicología Pastoral. Hoy en día no hay campo de estudio donde la psicología no esté presente –está aun en la religión-, la psicología ha hecho sentir su presencia en todas las áreas del conocimiento. No es entonces ninguna novedad que psicología y teología hayan iniciado sus primeros coqueteos, a través de la llamada Psicología Pastoral y las psicoterapias espirituales.

En un artículo publicado por María Jesús Álava Reyes[4], donde ella explica qué es la psicología y cuál es su utilidad, ella escribe:
…gracias a la psicología, podemos aprender a conocernos mejor, podemos llegar a comprender la razón por la que, tanto nosotros como otras personas, nos comportamos de una determinada forma. La psicología puede ayudarnos a entendernos y a entender a los que nos rodean, a encontrar explicaciones a conductas dispares, a conseguir que actuemos desde la lógica y el razonamiento, desde la no exigencia de imposibles, desde la comprensión y la flexibilidad que da el conocimiento mutuo.

Es evidente que la psicología puede proveernos conocimientos que nos ayuden a auscultar la compleja conducta humana, descender a los escondrijos intrincados de la mente y tratar de entenderla. Con esto no estamos tratando de hacer una apología de ella, sino más bien, llamar la atención con respecto a su utilidad, dentro del ministerio de consejería y consolación. Además de esto, la psicología puede ayudarnos a distinguir cuando estamos frente a un caso de demonización y cuando, por ejemplo, a un caso de epilepsia o esquizofrenia, puesto que sus manifestaciones externas suelen confundirse fácilmente por los clérigos.

Sin embargo hay que tener mucho cuidado con la tentación de sentirse autosuficientes con la presencia de la psicología en la sociedad moderna. La psicología, por sí misma, no es suficiente para poder cambiar al ser humano, muchos menos para darle las claves de la felicidad, tal como se presume en los círculos de la psicología[5].

En el pasado hubo demasiado optimismo con respecto al rol de la psicología y de lo que esta podía hacer. Los seguidores del psicoanálisis llegaron a la conclusión que todos los males de la humanidad se terminarían con el descubrimiento de la práctica psicoanalítica[6], sin embargo la historia nos ha demostrado que el mal sigue vigente y reina imparable sobre una sociedad que necesita volver a su creador.

¿Es posible juntar al gato y al ratón?
La pregunta que nos convoca en este punto, es saber si teología y psicología pueden convivir juntas y servirse una de la otra. Han pasado ya muchos años desde que Lawrence J. Crabb Jr. (1977, p.31) se hiciera la pregunta si el Cristianismo y la Psicología eran ¿aliados o enemigos? La relación entre ambas no ha sido muy alentadora en el pasado, pues hubo una época en la que se excluyeron, despreciaron y vetaron mutuamente[7]. Jorge León (ibíd., p.20), nos da cuenta que, ‘hubo un tiempo en que todo diálogo entre la fe cristiana y la psicología era imposible’. La relación ha ido mejorando hasta llegar a cierto grado de tolerancia, aceptación y colaboración entre ambas. Por un lado surgió la Psicología Pastoral y por el otro, la aceptación del recurso espiritual dentro del proceso psicoterapéutico en la psicología clínica[8]. Entonces podemos concluir que la relación entre teología y psicología, ha pasado de un estado de enemistad y sospecha, a una de sociedad, aceptación y ayuda mutua.
[1] (Doctrine de la cure d·ame, Delacheaux et Niestle S.A. Neûchatel, Suiza, 1958, p. 143, citado por León, ‘La posibilidad de conocer al ser humano’, p.27)
[2] Citado por Pablo Martínez, ‘El Pastor como consejero: Principios Básicos de Consejería Pastoral’ en Biblioteca de Teología y Psicología Pastoral, vol. 3, Editorial CLIE, Barcelona.
[3] Cuando hablamos de la ‘naturaleza del hombre’ nos estamos refiriendo a la integralidad de este, cuerpo (soma), alma (psiquis) o espíritu (neuma). El pecado no sólo ha afectado la naturaleza física del hombre, sino también su manera de actuar, pensar y sentir.
[4] ‘Qué es y para qué sirve la Psicología’ en www.casadellibro.com/capitulos/8497346327.pdf. Accedido el 23/03/08.
[5] Nuestra autora antes citada (ibíd. Las mayúsculas pertenecen a la autora), escribe acerca de la utilidad de la psicología en los siguientes términos, ‘Recordemos que la psicología nos enseña que LA FELICIDAD DEPENDE DE NOSOTROS MISMOS, NO DE NUESTRAS CIRCUNSTANCIAS’
[6] Aquí, Jorge León (2000, p.20) anota: ‘Había personas tan ingenuas como para pensar que, una vez que toda la humanidad fuera psicoanalizada, todos vivirían en paz y armonía’.
[7] Todavía existe un grupo de consejeros que se muestran reacios a la presencia ‘invasiva’ de la psicología. En un artículo (‘Consejería Bíblica en Lugar de Psicología’ en Piense conforme a la Biblia) de John D. Street podemos ver claramente una fuerte protesta contra los llamados “psicólogos cristianos”: ’Mientras los psicólogos seculares restan valor a la Biblia como psicología arcaica y equivocada, sus colegas cristianos trabajan desesperadamente para apoyar su terapéutica inexperta con una apologética de ingenuidad psicológica’ (2003, p.217). A la Psicología Pastoral se le ha ligado a la teología liberal y a la influencia del psicoanálisis de Freud (cf. Crane, R. 2003, ‘El hombre psicológico que Dios ha creado’ en Psicología, UNILIT, Miami, p.43). Es de esperarse entonces cierto rechazo de parte de la teología conservadora y fundamentalista. En el capítulo de Crane (pp.46-65), a la cual hacemos referencia, existe una excelente recopilación de cómo se ha dado el proceso de integración entre psicología y la fe cristiana.
[8] La escritora holandesa Agneta Schreurs ha escrito una excelente obra titulada Psicoterapia y espiritualidad, publicada el año 2002 por Desclée de Brouwe. Allí, nuestra autora interrelaciona hábilmente la psicoterapia y la espiritualidad como un recurso que puede desempeñar un rol positivo en la recuperación del paciente.

lunes, 24 de marzo de 2008

UNA PSICOLOGÍA PASTORAL PARA UNA MUJER MALTRATADA


UNA PSICOLOGÍA PASTORAL PARA UNA MUJER MALTRATADA



Introducción
Todavía resulta un misterio, saber a profundidad, las razones por la que la mujer maltratada continúa al lado de su pareja, aun cuando está experimentando un espiral de violencia de la cual no puede escapar. Todos nos preguntamos ¿qué es lo que lleva a la mujer a seguir en una situación tan tormentosa y dañina para su vida? Un ensayo de respuesta, a secas, resulta muy difícil articularlo y argumentarlo. No todas las mujeres reaccionan de la misma manera, ni son tan resueltas, como las que inician un proceso de separación, o abandonan la relación. Lo cierto es que hay factores sociológicos, religiosos y psicológicos que están involucrados en la decisión de la mujer maltratada. En este apéndice nos vamos a centrar principalmente en los factores psicológicos que condicionan la conducta de la mujer maltratada.

Estudios realizados en torno a los factores antes mencionados, nos muestran algunos datos que pueden ayudarnos para entender la psicología de la mujer maltratada. Uno de esos estudios procede del Perú, país latinoamericano en la cual se han hecho encuestas censales en torno a la familia. Una de las preguntas se centró precisamente en los factores que empujan a las mujeres maltratadas a continuar con su pareja. A continuación reproducimos dicho cuadro censal y sus resultados.


CUADRO Nº 3.6¿PORQUE CREE UD. QUE LAS MUJERES MALTRATADAS CONTINUANVIVIENDO CON SUS PAREJAS?



RAZONES %
POR LOS HIJOS 63,4
NO TIENEN INGRESOS PROPIOS 56,7
PORQUE LOS QUIEREN O AMAN 29,7
NO TIENEN DONDE IR 28,5
TIENEN MIEDO A SU PAREJA 24,3
TIENEN MIEDO A QUEDARSE SOLAS 21,9
PORQUE ES NORMAL 17,1
TIENEN VERGÜENZA DEL QUE DIRAN 11,3
PARA MANTENER UNIDA A LA FAMILIA 11,0
LA RELIGION LES DICE QUE NO DEBEN SEPARARSE 0,8
OTRO 6,2


FUENTE: Encuesta de Hogares sobre Vida Familiar en Lima Metropolitana, 1999. Nº de Casos: 2459

Analizando el perfil de la mujer maltratada
Tal como puede observarse, el factor ‘los hijos’ es la primera opción que encabeza las respuestas de las mujeres maltratadas, en su intención por preservar un status quo perverso que le es lesiva. Indudablemente existe aquí una mezcla de temor hacia el conyugue, amor por los hijos e instinto de protección maternal por los mismos. Es tal vez este último factor el que es más crucial en la decisión de la mujer[1]. En la sociedad latinoamericana la economía hogareña se sustenta principalmente sobre la base del trabajo masculino. De manera que tener al padre es sinónimo de supervivencia, de preservación de la especie, tanto de los hijos, como de la mujer misma. La exclusión que experimenta la mujer en una sociedad que prescinde de su presencia, termina por doblegarla ante la presencia nociva e indeseada del padre/verdugo. Eso lo corroboran la segunda y cuarta opción de la encuesta: ‘no tienen ingresos propios’ con un 56.7% y ‘no tienen donde ir’ con un 28.5%. No hay opción para ellas, sobrevivir o resignarse parecen ser las dos únicas lúgubres alternativas para miles de ellas.

La mujer que sufre violencia dentro del hogar siente que ha ingresado a un laberinto oscuro y errático del cual no saldrá para ver la luz de un nuevo amanecer. No tiene más opción que la resignación y la amargura, sus hijos necesitan un padre que los alimente y ella necesita un esposo para seguir inventando una realidad –ante la sociedad[2]- que le es esquiva, un mundo quimérico donde se siente amada, respetada y valorada. A menudo las mujeres maltratadas se refugian en una utopía que es opuesta a la realidad en que viven, es un mecanismo de defensa que les permite asirse a la vida o no sucumbir frente a la experiencia traumática que le toca vivir. Sabe que ella sólo es un dato que alimenta una truculenta estadística, sin embargo todavía apela a la esperanza de que su esposo/verdugo cambiará, que los años de novios regresarán y que volverán a pasear por un parque, de la mano, como en antaño.

La tercera opción en el estudio nos notifica del factor ‘amor’, 29.7% de las encuestadas respondió que no abandonaban a sus parejas porque los amaban. Es posible que en muchos casos exista restos de amor en el corazón de una mujer maltratada, sin embargo, también es posible, que algunas de ellas se hayan echo adictas a una relación dañina. No saben vivir de otra forma, confunden el amor con la resignación, peor aun, con el masoquismo. En el Perú tenemos una frase que es muy popular, pero que en el fondo expresa cierto grado de baja autoestima e ignorancia respecto de lo que es el amor. Esta frase dice así: ‘más me pegas, más te quiero’, es el mal llamado ‘amor serrano’. En México se le conoce como el ‘amor apache o azteca’. En Ecuador existe una expresión muy similar: ‘Marido es; aunque pegue, aunque mate, marido es’ (citado por Carvalho, 2006, p.53). En Brasil, ‘Mal con él; peor sin él’ (ibíd.). ¿Eso tal vez revela que la sociedad latinoamericana es una sociedad con una autoestima doblegada que ha descendido al fondo de la ciénaga, y con una ignorancia descomunal de lo que es el amor? Resulta casi inverosímil que un 17.1% haya respondido ‘Porque es normal’, eso habla mucho de la forma como entienden la relación familiar. En esto tiene que ver también la figura paterna, hay estudios psicológicos en los cuales se ha establecido que un porcentaje de mujeres que han crecido bajo la tutela de un padre severo y violento (con los hijos y la madre), condicionan en las hijas la presencia de un esposo virulento que proyecte la figura del padre. Eso como querer llevar un ‘vacío’. De esa manera ‘son felices’, no han aprendido a vivir de otra manera, el ‘amor’ que recibieron siempre fue en esos términos. También debemos mencionar la autoestima de la mujer maltratada, como un agente que predetermina su conducta, pues está demostrado que las mujeres con autoestima baja, toleran fácilmente la humillación, la violencia y el desamor. Muchas piensan que merecen eso, pues piensan que valen tan poco, que la vida también tiene poco para ofrecerles.

Finalmente, resulta increíble que, en un continente mayoritariamente católico, el factor religioso sólo incida en un magro 0,8%. Eso, mucho más, si consideramos que el catolicismo es una de las religiones con una posición mucho más cerrada a la posibilidad del divorcio. En realidad no debe de sorprender el hecho que la iglesia católica no tenga mucha influencia en la vida ética y moral de sus adeptos. En el catolicismo, tanto ética como praxis, son dos caminos que difícilmente se juntan, intersecan o sintonizan entre sí.

Alternativas pastorales frente a la mujer maltratada
En esta parte quiero abandonar lo descriptivo, lo analítico y pasar a la praxis pastoral, a la forma como la iglesia -que debe ser una comunidad terapéutica que acoge, cura y acompaña al desvalido- responde a los gritos de una sociedad aparentemente enferma y colapsada. Ya hemos expresado en este libro, la situación de la familia y el proceso de desintegración que esta afronta, también hemos hecho notar la falta de un programa, dentro de la iglesia, que se encargue de la familia y sus problemas. Lo que queda ahora es asumir esta triste situación en una actitud de amor al mundo pecador, de responder pastoralmente a este cáncer que nos va consumiendo de a pocos y de ver la situación a través de los ojos del Maestro, aquel que le dijo a Pedro (Jn.21.15-17; las negritas son mías):
…Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: —Sí, Señor; tú sabes que te quiero. Él le dijo: —Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: —Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: —Sí, Señor; tú sabes que te quiero. Le dijo: —Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: —Simón, hijo de Jonás, ¿me quieres? Pedro se entristeció de que le dijera por tercera vez: «¿Me quieres?», y le respondió: —Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: —Apacienta mis ovejas.

No se puede ser pastor ni se puede amar al ´príncipe de los pastores’[3] -el ‘gran pastor de las ovejas’[4]- si no se apacienta sus ovejitas. Aquellas trasquiladas, débiles, enfermas y perniquebradas[5] por la violencia doméstica. Pastoral es presencia donde hay indiferencia, es acción donde gobierna la abulia, es amor donde rige la indolencia.

Necesidad de una praxis pastoral de la iglesia
Sin duda la problemática que hemos visto a través de este estudio realizado en el Perú, nos remite a una agenda inconclusa desde la perspectiva eclesial-pastoral. Nuestro compromiso con la sociedad nos lleva a formular y articular alternativas eclesiales-pastorales que ayuden a las mujeres que son objeto de dicho mal. En primer lugar proponemos la praxis del Buen Pastor, de aquel que deja momentáneamente las 99 y busca la perdida hasta asirla sobre su hombro y llevarla nuevamente con sus hermanas, aquel que ve las multitudes –de mujeres maltratadas- y se compadece de ellas (cf.Mt.9:37). Es la praxis de Cristo la que necesitamos duplicar, en nuestras vidas, todas aquellas personas que hemos sido convocados al enorme privilegio de la acción pastoral. No estamos hablando solamente de individuos o de clérigos en un sentido exclusivo, puesto que la iglesia cumple también una función pastoral en medio de la sociedad latinoamericana. Por eso, aun hayamos condicionado nuestro esquema mental a pensar que el cuidado pastoral excluye a los no llamados, proponemos la segunda praxis: la praxis del buen samaritano[6] como una respuesta al desvalido que se encuentra al lado del camino, carente de protección, socorro y ayuda. Esto debe llevarnos a las iglesias –puesto que son comunidades que acogen-, sin excluir a nadie, a informarnos acerca de la legislación vigente en torno al maltrato y violencia doméstica, para saber como movernos en una situación similar. La segunda acción es implementar un ministerio y su respectivo programa, que ampare, albergue, proteja y cure a la mujer maltratada. Este programa debe de ser capaz de brindar ayuda pastoral, psicológica y hasta legal, sin las cuales el problema vuelve a fojas cero.

Pasando al plano práctico, lo que nos toca, dentro de la praxis pastoral, es mostrar, a la pareja, la cosmovisión cristiana de la relación matrimonial en la nueva vida. Entrenarles en las relaciones matrimoniales y el manejo de conflictos, de manera que la relación matrimonial crezca y madure. Además de esto, la praxis pastoral debe de estar orientada a mostrar y entrenar a la pareja, en cuales son los términos del verdadero amor. En el evangelio las personas desaprenden su concepto de amor y lo reelaboran a partir de la Palabra de Dios. Nadie puede amar con excelencia a menos que haya experimentado del amor de Dios. El recibir el amor de Dios nos capacita y califica para amar como él nos ama. Quien ama no sólo lo declara, sino que lo demuestra con hechos concretos. Nosotros deducimos el amor de Dios a partir de sus acciones consignadas en la historia y en su Palabra. El amor se hace evidente a partir de lo que uno hace, sin acciones concretas no se puede deducir el amor. El amor, según la Palabra, es un asunto meramente práctico. Tenemos muchos pasajes bíblicos, a partir de la cual, podemos entrenar a las parejas a amarse uno al otro. La labor del pastor está orientada precisamente al proceso de ayudar a desaprender y aprehender, para eso tiene un enorme caudal en las Escrituras[7] a fin de iniciar el proceso terapéutico o curativo. El paradigma del amor conyugal es el amor de Cristo hacia su Iglesia, él ´se entregó así mismo por ella’ y eso también se espera del varón en relación a su esposa. Pablo deja bien sentado que quien maltrata a su esposa, se degrada así mismo y ha perdido su dignidad[8]. En el libro de Oseas, Dios, como marido fiel y amoroso, atrae a su esposa ‘Con lazos de ternura, con cuerdas de amor’[9]. A lo largo de la Biblia podemos encontrar una multitud de pasajes que podemos aplicar pastoralmente al amor verdadero conyugal. La violencia familiar es la antítesis del amor conyugal.

Hablemos sucintamente de la psicoterapia pastoral aplicada a la mujer maltratada. El proceso terapéutico es precisamente un proceso, no es un evento, es un trabajo de largo plazo. Las mujeres maltratadas conviven por años con los traumas de la violencia y humillación. La iglesia no debe de abandonar sus esfuerzos por curar y reparar la vida de las mujeres que han sido objeto del maltrato físico y psicológico. El evangelio en si mismo es una terapia en tanto que provee cuidados, mediante el ministerio de la iglesia, y cura las almas devastadas. La iglesia se convierte en una comunidad de apoyo donde la mujer maltratada experimenta el amor de Dios y el amor de sus hermanos. Donde es acogida con alegría y empieza a curar sus heridas y revalorar su autoestima, puesto que empieza a ser consciente que comporta en si misma el imago Dei[10], que es ‘especial tesoro’ (Ex.19:5; Mal.3:17), ‘linaje escogido’ (1 Pe.2:9) de Dios y que ha sido amada, desde siempre, con ‘amor eterno’ por él (Jer.31:3).

El problema de la violencia no solo afecta a las mujeres. Es un problema estructural que se extiende como un manto oscuro sobre toda la familia. A priori, debemos de tratar el problema dentro del ámbito de la familia, sin embargo, hay casos cuando será muy difícil trabajar con ambos conyugues, sobre todo cuando el maltrato ha trepado niveles alarmantes y la vida de la mujer peligra. En esos casos la escritora y psicóloga brasilera Esly Carvalho (2006, p.57) recomienda la ´separación terapéutica’[11]. Este es un recurso que permite que la pareja -sobre todo el varón, si es la persona que maltrata- repiense su accionar y llegue a un cambio de conducta.


Notas:
[1] En mi primer pastorado, mientras conversaba con una hermana de la iglesia donde yo pastoreaba, ella me contaba que su ‘comadre’ (termino que en el Perú se emplea para denotar cierto grado de parentesco político) había descubierto que su esposo le era infiel, además de maltratarle. Quede muy sorprendido cuando ella me dijo que su comadre había decidido ‘hacerse la loca’ y no confrontar la actitud del esposo infiel y maltratador. Cuando le pregunte la razón, quedé sorprendido con la respuesta: ella tenía miedo a quedarse sin su esposo y sin una persona que mantuviera económicamente a ella y sus hijos. La fórmula era sencilla, silencio a cambio de supervivencia.
En el Perú, en la mayoría de los casos, cuando un esposo abandona a su familia, estos quedan desprotegidos de todo tipo de cuidado económico. Los juicios por alimentos son cosa de todos los días, son puntos pendientes de una enorme agenda que todavía no se ha atendido. En el último año se ha tratado de ajustar e implementar represalias contra los padres que no cumplen con una pensión para su familia, sin embargo, todavía queda mucho por hacer en este asunto.
[2] 11.3% de las mujeres encuestadas respondieron que toleraban la violencia porque ‘tienen vergüenza del que dirán’. Es indudable que la presión social, la burla y la estigmatización tienen una cuota importante en la decisión de la mujer maltratada.
Los problemas domésticos, comúnmente, son elevados a la categoría de públicos en la sociedad latinoamericana. La vida de las personas son normalmente ´telenovelas’ que se comentan en los pasillos y en las reuniones del barrio.
[3] Así lo entendió el apóstol en 1 Pe.5:4.
[4] He. 13:20.
[5] cf. Ez.34:4. Ahí se puede encontrar una fuerte llamada al pastor –en el contexto, el rey de Israel- que desatiende a las ovejas, se aprovecha de ellas y vive una vida narcisista e individualista, centrada en si mismo.
[6] Según el relato bíblico de Lucas 10:25-37, el denominado ‘buen samaritano’ no es un tipo religioso ni relacionado con el sacerdocio de su época. Esa parábola nos anima a involucrarnos pastoralmente sin poner como prerrequisito un llamado especial al ministerio. Mientras se esperaba misericordia de los religiosos de la época, la ayuda vino fuera del templo y fuera de Israel. Todos los creyentes estamos llamados a asumir la praxis del buen samaritano, no podemos escudarnos en un llamado especial al ministerio, pues llevados la marca del servicio como parte de nuestra vocación.
[7] 1 Cor. 13 es un excelente pasaje para enseñar lo que es el amor. Además de esto podemos mencionar 1 Pedro 3:7; Efesios 5:25, 28-29.
[8] cf. Efesios 5:29.
[9] Oseas 11:4, DHH.
[10] El autor de Génesis (1:26-27) declara que el ser humano fue creado a la ‘imagen de Dios’, sólo él, en toda la creación, lleva esa marca especial. Eso lo hace especial muy y lo distingue de toda la creación. Además de esto, el hombre es creado el sexto día, como la culminación gloriosa de la creación, un día antes de que Dios entrara en reposo. Toda la creación, excepto el hombre, es creado por el poder de la Palabra de Dios, sin embargo, Adán es formado por las manos mismas de su creador, éste recibe del soplo divino (‘aliento divino’, Gn.2:7) de su Señor. De nadie más en la creación se dice esto. Además le dio potestad sobre toda lo creado (G.1:26), eso habla mucho más de su lugar preferencial n el plan de Dios.
[11] Ante la pregunta que se hace la misma autora (Carvalho, 2006, pp.56-57), ‘¿en que situaciones es recomendable la separación?’, ella misma se propone básicamente tres razones: (1) ‘Para la protección física de todos’, (2) ‘Para romper el ciclo de la violencia’, y (3) ‘Para subrayar que realmente hay un problema’. Para mayor información, leer la obra de Carvalho, Familia en Crisis, 2006, Ediciones Puma, pp.56-60.



Nota del autor: Este artículo forma parte del curso de psicología pastoral para la familia, dictado por el autor de este blog. Como en los demás documentos publicados, se han perdido las configuraciones de fuentes y otras características originales del documento.